Todos los años el 1º de Noviembre, en la costumbre cristiana se recuerda a los difuntos. Esta costumbre también en tiempos de la colonia fue asumida por los pueblos andinos, quienes lo celebran el día 1 y 2  de Noviembre.   En esta fecha el pueblo aymara, en cada una de sus comunidades, recuerda a los familiares ya fallecidos. Pero este recuerdo no es sólo una evocación a su ausencia, sino que según la cosmovisión aymara, en esta fecha los difuntos regresan a la casa para estar con los suyos, para ello los familiares les preparan las comidas más apetecidas por el difunto, para ello le dejan en la mesa su plato de comida, sus panes y bebidas que más le gustaban con los que aliviar la fatiga del alma  y asegurar su provisión hasta el año próximo.   Según la creencia el difunto vendrá en la forma de un animalito o de una mosca que se posará sobre los alimentos y se servirá de conjunto de dones alimenticios preparados.   “Todos Santos”, es una de las fiestas religiosas más importantes del calendario ceremonial aymara, en ella se festeja a las almas de los difuntos. En esta fecha tienen un mayor festejo las almas nuevas o sea los fallecidos recientemente y en menor grado las almas más antiguas. Esta situación se da porque en la cosmovisión aymara se percibe que las almas parecen sufrir un proceso de transito paulatino de alejamiento parcial de los vivos a través de la celebración de todos los santos. Así, se debe efectuarse por tres años consecutivos tras el deceso un agasajo  que sé efectúa al difunto en cada una de estas tres ocasiones consecutivas tiene un nombre especifico; el primer año, machaq alma apxata, “ lo amontonado para el alma nueva”, el segundo año se conoce como taypi alma apxata, lo amontonado para el alma que se encuentra en el medio” y la tercera celebración, tukut alma apxata, “ lo amontonado para el alma que ha terminado”, es decir para el alma con quien se han cumplido las obligaciones estipuladas durante los tres años pertinentes (Berg, 1989 a: 156-157).   Después de los tres años, ya no es una obligación perentoria el rendir agasajo al difunto, pero si es deber de recordarlo, para ello el día 2 de Noviembre se concurre al cementerio y en sus tumbas los familiares comparten con él, alimentos, bebidas y acompañamiento musical de lo que al difunto más le gustaba, se rezan y se entrega a los rezadores en forma de pago reciproco, panes, bebidas y otros comestible que se lleva. Al atardecer se empiezan a retirar los familiares y deben consumir o convidar todo lo que llevaron para compartir, es de mala suerte regresar lo llevado para compartir con el difunto.   Sobre la tumba del alma que se está recordando se colocan los bienes de panes y frutas. Se aprecia a simple vista una diferencia importante entre las familias que tienen alma nueva de aquellas que cumplieron ya con las obligaciones del festejo. Las almas parecen competir en prestigio por mostrar la tumba mejor engalanada. (Yáñez, 1998:26).   Los componentes utilizados en la configuración de la mesa presentan una utilidad específica para el alma, “. La escalera le servirá para subir al cielo: la caña es el bastón que le servirá de apoyo en su largo viaje: la flor de la cebolla es el recipiente en el que llevará agua y también le proporcionará sombra: la comida de granos, (ají de arverjas, haba, quinua, trigo, etc.) es el almacenamiento que abastecerá el próximo año y el pan con la figura de la llama será el medio de transporte que le permitirá trasladar sus alimentos a la otra vida”( Santos, 1998:41). Como vemos, los dones alimenticios que se ofrecen a las almas en la mesa (o apxata) presentan un perfil “utilitario” para la existencia de la propia alma. Esta costumbre al día de hoy, se ha trasladado incluso a nuestras ciudades. Así en nuestra ciudad de Arica, en el poblado de San Miguel de Azapa, se puede ver con todo esplendor esta forma de manifestación que hacen las familias andinas con sus deudos.   Sin embargo quedan algunas interrogantes, porque esta costumbre se arraigo en esta fecha tan fuertemente en las culturas andinas. La razón de ello esta dado porque en tiempos del Tawantinsuyo, antes de la llegada de los españoles en esta fecha noviembre, en los andes se vivía todo un periodo ritual en el cual se sacaban a pasear a las huacas, que eran los difuntos de mayor prestigio dentro de los pueblos, que habían asumido un carácter de deidad.   Según la cosmovisión aymara, el alma de los abuelos difuntos, después de los tres años se van a morar a las montañas más imponentes cercana a la comunidad desde allí en forma de achachilas (abuelos eternos), nos vigilan y en cada acto ritual bajan a compartir con sus descendientes.

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